
Estos vientos extraordinariamente poderosos empujan gas y polvo fuera de la galaxia anfitriona a velocidades asombrosas, interrumpiendo así la formación estelar. El quásar, denominado J1007+2115, se encuentra tan lejos que su luz nos muestra cómo era aproximadamente 700 millones de años después del Big Bang, cuando el universo tenía solo el 5% de su edad actual de 13,8 mil millones de años.
Aunque no es el quásar más antiguo jamás observado, es el primero en el que se han detectado vientos galácticos poderosos a tal escala. Los vientos galácticos emitidos por este quásar se extienden por una impresionante distancia de 7.500 años luz y transportan una masa equivalente a la de 300 soles al año, con una velocidad que alcanza 6.000 veces la del sonido.
Estos vientos son tan fuertes que pueden “sofocar” la galaxia anfitriona, privándola del material necesario para la formación de nuevas estrellas. El equipo de investigación, dirigido por el investigador Weizhe Liu de la Universidad de Arizona, explicó que J1007+2115 es solo el tercer quásar más lejano y antiguo conocido, pero el primero en presentar vientos tan significativos.
Estos poderosos flujos de materia representan un importante descubrimiento para comprender cómo los quásares influyen en la evolución de las galaxias en el universo primitivo. Los agujeros negros supermasivos, como el que alimenta J1007+2115, residen en el centro de todas las grandes galaxias, incluida nuestra Vía Láctea, donde se encuentra Sagittarius A.
Sin embargo, no todos los agujeros negros supermasivos alimentan quásares.
Aquellos rodeados de abundantes cantidades de gas y polvo forman un disco de acreción, del cual el material es gradualmente absorbido por el agujero negro.
Este proceso genera fricción en el disco, que emite radiaciones luminosas potentísimas, creando las regiones conocidas como núcleos galácticos activos (AGN). Estos AGN, visibles como quásares, son entre las fuentes más brillantes del universo, a menudo oscureciendo la luz de las estrellas de la galaxia anfitriona.
Las radiaciones emitidas por el disco de acreción no solo iluminan intensamente el quásar, sino que también empujan gas y polvo fuera de la región circundante, contribuyendo a la formación de los vientos galácticos que pueden interrumpir la formación estelar. La observación de J1007+2115 a través del JWST ofrece una visión sin precedentes de cómo los quásares han influido en la formación y evolución de las galaxias en el universo primitivo, abriendo nuevas posibilidades de estudio sobre los procesos que regulan el crecimiento de las galaxias y el papel de los agujeros negros supermasivos en modelar el cosmos.






